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Spiritual Growth – Overcoming Perfectionism

Superando el Perfeccionismo

"Refugio" por la artista Carissa Carisse

«Refuge» by artist Carissa Carisse

Muchos de nosotros encontramos difícil perdonarnos a nosotros mismos cuando las cosas van mal. Para averiguar qué tan grande es este problema para ti, toma la siguiente prueba:

  • ¿Alguna vez me enojo conmigo mismo y me toma más de un día sentirme bien otra vez?
  • ¿Me siento avergonzado cuando descubro que me he equivocado en algo?
  • ¿Intento tapar mis errores con mentiras o distraigo la atención fuera de mí mismo?
  • ¿Me pongo a la defensiva, cuando alguien me dice que no soy una buena persona?
  • ¿Culpo a otro aun cuando soy responsable de algo mal hecho?
  • ¿Creo que si la gente llega a conocerme bien, no les gustaré?
  • ¿Examino mi conciencia sólo en pocas ocasiones?
  • Cuando me doy cuenta que he pecado, ¿dudo que Dios me perdona?
  • ¿Cuándo una persona se enoja conmigo, me siento como una basura?
  • ¿Tengo sólo unos pocos amigos y es porque me estoy protegiendo de ser herido?
  • ¿Lucho con el dolor bebiendo o usando alguna otra forma de evadirlo?
  • ¿Este cuestionario me hace sentir incómodo?

Si respondiste a una de estas preguntas, no te  perdonas a ti mismo tan fácilmente como Dios te perdona. Si respondiste si a la mayoría o a todas ellas, ¡tienes un gran problema de autoestima y eres un gran candidato para el amor sanador de Dios!

Un gran porcentaje de nosotros tiene problemas para perdonarse a sí mismos, ya que vivimos bajo el supuesto de que debemos ser perfectos para tener valor. Conscientes de que somos no perfectos, creemos que no somos perdonables, porque sabemos que lo arruinaremos una y otra vez. Demasiado a menudo,  pensamos que sólo podemos perdonar a otros (y a nosotros mismos) si ellos (nosotros) » no pecan más». Conscientes de que pecaremos otra vez, decimos «no» a perdonarnos a nosotros mismos.

Jesús empeoró nuestra situación. (¡Bueno, nos encanta culpar a otros, no a nosotros! Es un intento desesperado por sentirnos bien con nosotros mismos para no tener que enfrentar la tarea «imposible» de perdonarnos). Él dijo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48). ¿Podemos siempre llegar a ese estado de perfección que Jesús nos llama? ¡Tenemos un montón de razones para golpearnos a nosotros mismos, ya que Dios nos llama a ser perfectos! ¿Verdad? Por lo tanto, estamos enfadados continuamente con nosotros mismos debido a nuestra desobediencia. Nos sentimos como basura contaminada, defectuosos. No es de extrañar que no podemos obtener amor duradero. Perdemos respeto por alguien que nos ama, porque significa que aman cosas baratas.

La Verdad Perfecta

Hay dos definiciones de la palabra «perfecta», la de Dios y del mundo. En la Biblia, ser perfecto no significa estar libre de fallas, errores y pecados. Así es cómo el mundo define la perfección, pero no Dios. El mundo falsifica la idea de perfección de Dios, porque Satanás quiere siempre que nos sintamos derrotados. Posiblemente, nunca podremos ser perfectos, si consideramos la definición del mundo. Pero la definición de Dios, es posible, de lo contrario Jesús no nos llamaría a ser perfectos como Dios.

El mundo nos dice que ser perfecto como Dios significa ser omnisciente, todopoderoso y todo amor. En otras palabras, ser perfecto es ser Dios. Este es el pecado de Satanás que le convirtió de un ángel a un demonio. Él quería ser Dios. Este también es el primer pecado con el que tentó a Eva y Adán: despertó sus deseos de convertirse en seres omniscientes sobre el bien y el mal.

Hemos sido tentados toda nuestra vida para creer que debemos ser omniscientes. Creemos que tenemos que saber lo que piensan otras personas, o cuáles son sus necesidades implícitas para poder hacerlos felices. Creemos que tenemos que predecir correctamente el futuro–«¡si yo tomo esta decisión, debo ser justo por las consecuencias o el desastre que puedo acarrear! Creemos que tenemos que saber cómo manejar cada situación de la mejor manera posible, si no, nada mejor que un fracaso para  miramos mal.

Algunas personas se sienten tentadas a tratar de convertirse en Todopoderosas. Estos son los locos del control y los abusadores. No es interesante que Satanás nunca tienta a nadie a tratar de ser el tercer atributo de Dios: ¡todo amor!

La verdadera definición de la «perfección»– en el Reino de Dios, es amar incondicionalmente. Esto significa amar, perdonar «70 veces 7 veces» (sin número) para dar amor aun cuando no somos amados recíprocamente, para hacer buenas acciones incluso si no producen los buenos resultados que esperamos. ¡Finalmente la perfección es alcanzable! Bueno, sólo a través de Dios es alcanzable y ese es el punto, porque Dios es amor. Cuanto más estamos en buena relación con él, más podemos amar incondicionalmente a Él, a otros y a nosotros mismos. Es decir, cuanto más amamos a Dios, ¡más perfecto somos!

Dios no espera de nosotros, ni pide la perfección en una noche. ¡Incluso Jesús mismo no llego a la perfección hasta que sufrió en la Cruz! Hebreos 5, 8-9 dice:

«Y aunque era hijo, aprendió obediencia por lo que padeció y, una vez hecho perfecto, se convirtió en la fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen.»

Lo que Dios quiere hacer es crecer en el amor más y más cada día. En otras palabras, Él quiere que hagamos de la perfección (es decir, del amor incondicional) nuestro objetivo. Amor condicional no es amor, porque tiene un principio y un final, es limitado. Amor es Dios y por lo tanto no tiene límites. El amor condicional va contra el amor verdadero y, si creemos que tiene que ser perfecto (como el mundo define la perfección) para sentirnos bien con nosotros mismos, entonces estamos poniendo condiciones para amarnos a nosotros mismos. Y no cualquier otra persona más de lo que amamos nosotros mismos.

Pon las instrucciones de Jesús sobre la perfección en contexto, leemos:

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Nosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mateo 4:43-48 NIV).

Cada día, si estamos inmersos en amor incondicional, siempre perdonando, más que el día anterior, estamos siendo obedientes al llamado de Jesús a «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». No somos perfectos aún, pero nos estamos convirtiendo en perfectos. Como nos dirigimos en esa dirección, somos buenos administradores del amor de Dios, ¡y él está muy contento!

© 1999 por Terry A. Modica

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