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Perdonado

PERDONADO

Una Meditación sobre la Pasión de Cristo a través de los Ojos de Pedro y Judas

Escrita en un estilo poderoso para cambiar la vida, esta no es la típica historia de la Pasión. «Perdonado» muestra la Pasión de Cristo vista a través de los ojos de Pedro y Judas. Cada uno reacciona en diferente forma ante los días finales y la crucifixión de Jesús. Uno elige el perdón y el otro termina su vida en una culpa terrible.

La historia termina con la reunión de Jesús y Pedro luego de la resurrección, cuando Jesús llama a Pedro a ser el primer líder de la Iglesia.

Este es un relato ficticio basado en los eventos verdaderos de la Pasión de Jesucristo, para ser usado para meditación.

Imagina que estás en cada escena. ¿Qué dirías si fueras uno de los habitantes o de los discípulos?


Los discípulos están hablando entre ellos en voz baja mientras llegan a una de las transitadas calles de Jerusalén. Jesús va Adelante, luciendo pensativo.

La gente del pueblo está enfocada en sus compras o trámites hasta que reconocen a Jesús. Una multitud de voces exclama: “¡Miren! ¡Es él! ¡El sanador! ¡He escuchado que es un profeta! ¡Hace milagros! ¡Es un gran profeta! ¡Jesús, sáname!”         

Pronto se les unen mendigos y enfermos. Corren hacia Jesús, algunos cojeando, algunos con muletas o bastones, algunos ciegos guiados por amigos. Rodean a Jesús, haciendo que él y sus discípulos se detengan.

Jesús sonríe cálidamente y con amor alcanza a tocar a cada persona. Los discípulos miran asombrados desde el fondo, señalando, ocasionalmente, a las personas que son sanadas, murmurando entre ellos.

Las personas reaccionan a su toque sanador. Algunos se arrodillan en reverencia. Aquellos que habían cojeado ahora saltan libres. Otros arrojan sus muletas y corren como niños. Los ciegos miran a su alrededor, descubriendo el mundo que finalmente pueden ver.

Finalmente, las personas se alejan. Algunos permanecen. Jesús se vuelve a sus discípulos y se reúnen alrededor de él, felicitándolo con golpecitos en la espalda. Están entusiasmados. Jesús los calma.

Jesús:  “¿Por qué aún están sorprendidos? Han estado conmigo durante tres años.”

Pedro (entusiasmado):  «Maestro, durante toda mi vida he escuchado a los profetas en las Escrituras prometiendo que el Reino de Dios algún día llegaría a Israel con poder, pero nunca creí que lo viera suceder con mis propios ojos. Solía pensar que los milagros pertenecían a los tiempos de Moisés y Elías. Pero tú has cambiado mi fe. Mi fe crece cada vez que te veo realizar un milagro. Cuando sanas a las personas, cuando expulsas demonios, cuando multiplicas los panes y los pescados, ¡mi fe crece nuevamente! Necesito seguir viendo estas cosas.”

Jesús (mirando a todos los discípulos): “¿Quién dice la gente que soy?”

Andrés: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista.”

Judas: “Otros que eres Elías”

Santiago: “Jeremías.”

Juan: “¡Un profeta!”

Jesús: “¿Y quién dicen ustedes que soy?”

 Todos se detienen a pensar.

Pedro: (con seguridad y reverencia): “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.”

Jesús (poniendo una mano sobre el hombro de Pedro y sonriendo): “Bendito seas Simón. Tu razonamiento humano no podría haberte revelado esto. Fue mi Padre en el cielo quien te lo dijo. Por eso te digo, tú eres Pedro. El nombre indica que eres una roca de fe. Sobre esta roca construiré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Pedro, te doy las llaves del Reino de los Cielos. Lo que tú ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que tú desates en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Jesús quita su mano de Pedro y habla a todo el grupo.

Jesús: “No, ¡les repito, no!, le digan a nadie que yo soy el Mesías. Llegará el tiempo para que el mundo lo descubra. Primero, debo ir a Jerusalén y sufrir enormemente.”

Los discípulos se miraron sorprendidos y tristes. Algunos murmuraron algo entre ellos. 

Pedro: “¡No!” 

Jesús: “Debo sufrir en manos de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas.”

Pedro: “No dejes que eso suceda, Maestro. Todo ha salido tan bien hasta ahora. ¡No dejes que nada cambie eso! Como Hijo de Dios tienes el poder de protegerte a ti y a tu ministerio.

 Jesús: “Escúchame y recuerda lo que te digo. Si comprendes mis palabras, evitarás una angustia innecesaria. Yo sufriré e incluso me matarán.” Los discípulos jadearon y su murmullo se hizo más fuerte. Jesús los mira a todos con compasión. “Pero al tercer día resucitaré.”

Pedro (tomando a Jesús por el codo lo lleva lejos del grupo ruidoso): “¡¿Sufrir y ser asesinado?!” Jesús, escúchame. ¡Que Dios no permita que esa maldad te suceda! Ese no puede ser el plan de Dios. ¿Qué haríamos sin ti? ¿Qué hay de todo el bien que has estado haciendo? No debes dejar que nada detenga tu ministerio. ¿Sufrimiento y muerte? ¡De ninguna manera!” 

Jesús (liberándose de la mano de Pedro): “¡Ve detrás de mí, Satanás! Eres un obstáculo para mí.” Luego se detiene y mira profundamente a los ojos de Pedro. “Simón, ten cuidado: no estás pensando como Dios sino como un hombre. Te has convertido en una herramienta del demonio.”

Pedro le devuelve la Mirada a Jesús como en shock y sin poder creerlo. Los otros discípulos continúan discutiendo el tema entre ellos, asombrados y confundidos. Jesús aplaca su expresión y espera que Pedro comprenda. Pedro, no obstante, mira para otro lado incapaz de sostener la mirada amorosa de Jesús. Se aleja rápidamente. Jesús lo sigue más despacio. Los otros siguen a Jesús, excepto Judas.

Judas (refunfuñando para sí): “¿Cuál es el problema con Jesús? ¡Pensé que iba a salvar a Israel de la tiranía romana! Creo que perdió de vista las prioridades de Dios.” Luego de dudar un poco, sigue a los demás.


[Avanzamos hasta el día de la crucifixión]

La ajetreada calle de los mercaderes está llena de vida. Luego, todo se detiene cuando Jesús tropieza con las piedras, llevando el trozo de cruz que será usado para su ejecución. Su cuerpo está destrozado y sangrando por sus heridas. Es llevado y seguido por soldados romanos que le dan latigazos cuando cae. Sus lamentos de agonía hacen eco contra las paredes de las tiendas.

La caravana macabra reúne más y más mirones. Se dispersan cuando llegan al lugar llamado Gólgota, el lugar de la ejecución. Una mujer que llora, María la madre de Jesús y un hombre joven, Juan, se separan de la multitud. Se sostienen firmemente entre ellos mientras una crucifixión cruenta tortura a su amado Jesús.

Una figura solitaria observa desde lejos. Es Pedro.

Otra figura solitaria está observando desde el otro lado del Gólgota. Es Judas.


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