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La Parábola del Cerdo Triste

Esta historia está en dos partes.
La Primera Parte es sobre nuestras actitudes al amar a aquellos que son difíciles de amar.
La Segunda Parte es sobre lo que sucede cuando el amor es rechazado.

Primera Parte

La parábola del cerdo triste

Érase una vez un granjero que era dueño de muchas clases de animales y los quería a todos por igual.  No importaba cuan útiles eran para él o cuan bellos eran, disfrutaba pasar tiempo con cada uno.  Cuando los alimentaba, siempre los acompañaba en su prado, establo o corral, para hablarles, tocarlos, cepillarlos, acariciarlos y jugar con ellos.  Al final del día, olía igual que ellos y ni siquiera le importaba.

Pero a su esposa, sí que le importaba.  “¡Uf!” exclamaba, tapándose la nariz. “La casa está limpia – procuremos mantenerla así. ¡Por favor ve a bañarte!”

El granjero amaba a su esposa, por lo que su reacción no le ofendía. Sin dudarlo un instante, se lavaba la suciedad y los olores de los animales.  Luego le prestaba su atención toda la noche, hablándole, calmando sus necesidades emocionales, cepillando su cabello, dando palmadas a su espalda por el trabajo logrado y jugando sus juegos favoritos.

Una noche, el granjero le dijo a su esposa mientras estaban descansando junto al fuego, “Hoy todos los animales me dijeron lo bien que has estado con ellos.”

La esposa sonrió.  “Sí, trato de amarlos como tú los amas.”

“Pero hay un animal que está descontento contigo,” dijo el granjero.

“¿Cuál?” preguntó la esposa, muy preocupada.

“El cerdo.”

“Oh, el cerdo.” La esposa asintió a sabiendas.

“El cerdo dijo que tú te detienes sólo el tiempo necesario para saludar y que nunca juegas con él en su corral.

“Bueno, en realidad yo lo amo.  Trato de mostrarle mi amor al darle más de las sobras de comida,” señaló la esposa.  “Yo sé que a él le gusta eso.”

“Sí, pero tú nunca entras al corral a hacerle cosquillas en su vientre o acariciar su espalda.”

“Mi querido esposo,” dijo la esposa.  “Si me metiera en esa pocilga, me ensuciaría. ¡Muy sucia! La tierra es un gran charco de barro y al cerdo le encanta revolcarse en ella.  Yo prefiero mirarlo y hablarle sin entrar en el barro con él.”

“Entiendo,” dijo el granjero. “Pero al mantener tu distancia, haces al cerdo muy infeliz. Cuando yo lo visito, dejo que corra a mi alrededor y salpique barro.”

“No puedo ser como tú,” respondió la esposa con el ceño fruncido. “Tu usas botas altas de cultivo pero yo no tengo botas altas de cultivo. Además, es difícil para mí ver la belleza del cerdo debajo del barro que lo cubre. Es fácil prestar atención al caballo, él se ve agraciado corriendo tranquilamente en el campo y es útil cuando me lleva a donde tengo que ir.  Puedo hasta disfrutar del buey, cuyos fuertes músculos hacen posible que tú puedas arar los campos. El gallo no es bello, pero me ayuda a despertarme en las mañanas. Las gallinas pueden ser desagradables a veces, pero me proporcionan buenos huevos para comer. El cerdo – yo sé que es inteligente y amigable, pero sigue revolcándose en el barro. No sé cómo disfrutar su inteligencia y amistad sin envolverme en su barro.”

Al día siguiente, el granjero explicó al cerdo lo que su esposa le había dicho.

unhappy pig“Entonces tomaré un baño”, dijo el cerdo. “Voy a hacerme ver limpio, para que tu esposa quiera pasar tiempo conmigo.”

Luego cuando la esposa del granjero visitó los animales, el cerdo bufó ruidosamente y le pidió que lo visitara primero.

“¡Mira lo que he hecho!” dijo el cerdo. “Me lavé la suciedad y he tenido cuidado todo el día para no embarrarme.”

“Te ves como el cerdo más hermoso que he visto,” dijo la esposa del granjero. “Aquí hay sobras adicionales para que comas. Te veré mañana nuevamente con más comida de la casa.”

“¿Pero por qué no entras y juegas conmigo?” preguntó el cerdo.

“Mi querido cerdo,” dijo la esposa del granjero. “Te ves limpio, pero ¿cuánto tiempo puedes mantenerte limpio? Y ¿por cuánto tiempo puedo quedarme yo limpia si te acompaño en tu corral?  Tu aún vives en el lodo.”


 

Segunda Parte

Un día la esposa del granjero miró por la ventana de su casa y vio la oscura figura de un hombre que se acercaba a la granja.

“¿Quién es ese?” la esposa preguntó a su esposo.

La expresión del granjero se entristeció. “Ese es el carnicero. El viene a matar al cerdo.”

“¡No!” exclamó horrorizada la esposa. “¡No podemos dejar que eso suceda!”

“Ve al corral del cerdo y trata de esconderlo del carnicero.”

“¡Lo haré! ¡Lo haré!” dijo la esposa mientras se apresuraba al corral.

dirty pig happy in mudCuando llegó, se encontró al cerdo revolcándose en el barro, como de costumbre.  Saludó al cerdo desde lejos para evitar ser salpicada por el barro.

“Tu vida corre peligro,” le dijo al cerdo.

“No veo ningún peligro,” respondió el cerdo.

“¡Viene el carnicero!”

“Yo no veo ningún carnicero.”

“Confía en mí, él viene.  El granjero y yo lo vimos caminando hacia nuestra granja.  Sal de este corral y déjame llevarte a la casa.  El granjero te limpiará y cuando el carnicero llegue, no te reconocerá. Debes quedarte en nuestra casa, de ahora en adelante. El carnicero nunca vendrá a buscarte allí.”

El cerdo se rió. “Sé que tienes buenas intenciones”, dijo el cerdo, “pero yo no quiero dejar mi lugar. Me encanta donde estoy. Tiene todo el lodo que tanto me gusta. Si me mudo a tu casa, tendré que mantenerme limpio.  ¡Ups!  Ese no soy yo.  No estoy familiarizado con esos suelos duros.  No sé cómo revolcarme en esos pisos y divertirme.”

“Pero no entiendes, mi querido amigo,” rogó la esposa. ”Nuestra casa te protegerá del carnicero. Es bueno estar limpio. Es bueno vivir con el granjero. Te gustará más que tu vieja pocilga.”

El cerdo negó con la cabeza. “Eres tú la que no entiende. Yo he estado disfrutando de esta pocilga con su encantador barro desde que puedo recordar.  Perderé algo muy importante para mí si lo dejo.”

“¡Si te quedas, perderás tu vida!” dijo la esposa del granjero.

Mientras el cerdo reía con incredulidad, llegó el carnicero. Saludó al cerdo con una sonrisa amigable y dijo, “Hola, amigo.  ¿Puedo entrar en tu pocilga?”

“¿Te gusta jugar en el lodo?” preguntó el cerdo.

“Oh, sí, seguro que sí, especialmente si puedo jugar en el lodo contigo.”

“No dejes que entre,” suplicó la esposa.  “Él es el carnicero. Él te va matar.”

El cerdo se rió entre dientes. “Te equivocas,” dijo.  “Este no es un carnicero. Él me llamó su amigo. Él quiere entrar en el lodo conmigo.  ¡Mira!  Él incluso ya está embarrado de lodo. Esto es algo que tú no harías por mí. Tú dices que eres mi amiga, pero tú nunca te acercas. No te gusta para nada mi pocilga y, si no te gusta mi pocilga, entonces no soy de tu agrado.”  Entonces le dijo al carnicero, “Si realmente eres mi amigo, ven a revolcarte conmigo en el lodo.”

Así que el carnicero entró en la pocilga, se agachó de manos y rodillas, y rodó en el lodo con el cerdo. Mientras jugaban juntos, la esposa del carnicero notó que el carnicero tenía una cadena en su bolsillo – una cadena para el cuello del cerdo para llevarlo al matadero.  La esposa corrió devuelta a la casa a buscar a su esposo.

“¡El cerdo no me quiere escuchar!” ella le dijo.  “¡Tú tienes que hacer algo para salvarlo!”

El granjero corrió a la pocilga con su esposa de cerca, y vio al cerdo y al carnicero  jugando juntos.

“No te detengas ahí, haz algo,” dijo la esposa al esposo.

“No puedo,” respondió él. “Es la elección del cerdo jugar con el carnicero. No puedo obligarlo a parar.”

“Pero puedes abrirle los ojos para que vea quién es en realidad el carnicero. Lava el barro de sus ojos.”

“He abierto sus ojos muchas veces,” dijo el granjero con gran tristeza “y por un instante ve lo bonito de la granja fuera de su pocilga, pero prefiere quedarse en su pocilga porque le es familiar. Se vuelve a poner el barro en sus ojos para no tener que lidiar con la realidad de lo desconocido.”

Con lágrimas en sus ojos, la esposa le gritó al carnicero, “¡Tú deja al cerdo!  ¡Sal de ahí!”

El carnicero miró a la esposa del granjero. “Sólo el cerdo puede hacerme salir.  Cerdo, mi amigo, ¿quieres que me detenga de jugar contigo?”

“¡No!  Me estoy divirtiendo contigo. Tú eres el único dispuesto a enlodarte conmigo.”

El granjero se acercó a la puerta de la pocilga. “Eso no es cierto,” dijo en voz baja. “Tú sabes que te visito todos los días en tu pocilga.” Abrió la puerta y entró a la pocilga, pero no se ensució.

“¡Quédate afuera!” dijo el carnicero “Tú no estás dispuesto a jugar en el lodo con mi amigo, así que quédate fuera.” En un ataque de celos, arrojó un poco de barro al granjero.  El lodo se deslizó sin dejar una mancha o marca. El carnicero entonces tomó la cadena de su bolsillo y lo deslizó en el cuello del cerdo.

“Me voy y me llevo el cerdo conmigo,” dijo el carnicero. “Tengo derecho a llevarlo. Ustedes no son tan buenos amigos como yo, porque no están dispuestos a enlodarse con él.”

“¡Así es!” acordó el cerdo. “Nunca han permitido enlodarse conmigo. Este otro hombre es mejor amigo que ustedes.”

“Oh, pero me he enlodado contigo,” dijo el granjero  “¿No lo recuerdas? Yo me cubrí del lodo de todos los cerdos en mundo, incluyendo tu lodo, mi querido amigo.  Y luego dejé que el carnicero me matara en tu lugar. Pero solo pudo mantenerme muerto por tres días.  Yo estoy vivo hoy como tu granjero porque el amor vive para siempre.”

El carnicero se burló y comenzó a dirigir al cerdo con la cadena. Le dijo al granjero, “Tu amor no le hará nada de bien porque él ama su barro más que de lo que te quiere a ti.”

“Eso es verdad,” dijo el granjero con un suspiro de gran tristeza. El miró al cerdo con profunda ternura. “Todo depende de ti,” le dijo al cerdo.  “¿Quieres ir con el carnicero o quieres venir a vivir conmigo en mi casa donde yo te puedo proteger del carnicero?”

“Este amigo no es carnicero,” respondió el cerdo. “Él no me matará. Pero tú quieres matar mi espíritu al destruir mi amor por el barro.”

“Si, mi amigo,” dijo el granjero. “Si vienes a vivir en mi casa, tu estilo de vida anterior morirá. Pero disfrutarás tu nueva vida – más de lo que te puedas imaginar.”

“No escuches al granjero,” dijo el carnicero al cerdo. “Si vienes conmigo, puedes quedarte con tu barro. Te acepto como eres, con barro y todo, pero el granjero evidentemente no. Si te amara de verdad como dice, te dejaría mantenerte en  el barro.”

El granjero miró al cerdo. “Yo te he permitido mantener tu barro todos estos años. Yo seguiré dejándote mantener el barro si eso es lo que quieres.”

“Yo quiero mantener mi barro,” respondió el cerdo.

“Entonces no podré protegerte del carnicero,” dijo el granjero.

Y con eso, el carnicero tiró de la cadena del cerdo y lo llevó por el camino hacia el matadero.

© 1999 por Terry A. Modica

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