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La Parábola de la Rana con
Necesidad de Agua

frog

Ferrdie, la rana, necesitaba alivio para el calor. La vida de seguro era difícil y si Ferrdie no hacía algo muy, pero muy pronto para mejorar su situación, ¡se secaría y se freiría!

El lugar donde vivía se había tornado bastante seco y, como ustedes saben, a las ranas les gusta el agua. Las ranas aman el agua y necesitan agua para sobrevivir. O, más bien, necesitan agua para que su felicidad pueda sobrevivir. Y Ferrdie había llegado a ser muy infeliz. Su casa – ese pequeño nido en el suelo que había tallado cuidadosamente – le protegió muy bien y la mantuvo fresca cuando el sol era brillante y caliente, pero esto no era suficiente para mantenerla feliz y contenta, siendo que ella era una rana y amaba el agua.

hungry frog

Normalmente, llovía todos los días por la tarde, y esta lluvia traía humedad a su casa. Dulce, fresca y deliciosa la humedad. ¡Qué manera de vivir! No tenía que ir a ninguna parte en busca de un estanque o un lago o un charco, ya que el agua llegaba directamente a su casa. La lluvia traía los insectos y cenaba con facilidad. Todo lo que tenía que hacer era sacar su cabeza fuera de su agujero, esperar y vigilar. Pronto, muy pronto, prácticamente sin esperar, con la lluvia podría brotar un insecto de la tierra y ¡zaz! podía capturar insectos con su lengua ágil y disfrutar de su exquisito alimento.

Pero un año, las lluvias no llegaron a tiempo. La tierra se hizo muy seca. La casa de Ferrdie se puso más y más caliente como si el sol bañara el suelo con su calor reseco. Los insectos brotaban con menor y menor frecuencia. Para satisfacer su hambre, Ferrdie tuvo que abandonar el refugio sombreado de su casa y saltar a través de la tierra seca y caliente, hasta divisar un insecto que atrapó para comer. Eso no fue divertido. Eso no era fácil. Pero Ferrdie se consoló a sí mismo, pensando que pronto las lluvias volverían y su vida retornaría a la comodidad habitual que había tenido antes.

Pero no sucedió como ella esperaba y día tras día, la sequía continuó. Ferrdie empezó a quejarse de su miseria.-¿Cuándo  la vida sería cómoda de nuevo? -quería saber.

Su casa se secó. Su piel se secó. ¡Tenía que encontrar agua! Moriría si no encontraba agua pronto, muy pronto, ¡incluso hoy! Sabía de una solución: podía excavar más profundamente en el suelo, donde había humedad, como siempre lo hacía en el invierno. Allí, ella podía esperar sin importar el tiempo que transcurriera hasta que las lluvias comenzaran. Pero no le gustaba esa solución. No era invierno. Ella no debería tener que hibernar en este momento. Ella tenía que ser capaz de disfrutar de la vida como lo hacía normalmente en la primavera, sintiendo la humedad y comiendo insectos que la lluvia traía a su puerta.

Ferrdie se puso muy impaciente. No esperaría más. ¡Tenía que hacer algo! Así que, dejó su hogar en busca de un húmedo y bonito estanque.

Unos saltos más tarde ¡hizo un magnífico descubrimiento! Justo ahí, tan cerca de donde vivía, ¡había un estanque! El agua brillaba clara, azul y húmeda. Había acantilados escarpados a todo el borde del estanque y Ferrdie cayó en la cuenta de que una vez que se metiera en el agua, podría tener dificultades para salir. Pero ¡oh, qué húmeda parecía el agua!

¡Splash! Ferrdie puso fin a su larga espera por la lluvia. ¡Oh, qué bien sintió el agua en su piel! ¡Oh, qué maravilloso se sentía al nadar allí! El estanque tenía un olor extraño para él -no olor sucio, no algas, no plantas, no hojas de nenúfar con sus flores fragantes. Pero ¡estaba mojado! ¡Y frio! ¡Qué delicioso!

Después del placer de simplemente estar nadando a donde quisiera, comenzó a cansarse, por lo que se relajó y se dejó flotar. De repente, una mano enorme se abalanzó justo delante de ella. ¿Qué era esto? ¿Por qué quieren capturarla? Ella salió corriendo en dirección contraria y nadó al fondo del estanque. La mano no podía llegar allí. Pero, finalmente, tuvo que volver a subir para conseguir aire. Con cautela, regresó a la superficie y respiró. Ninguna mano. ¡Guau, qué alivio! Pero ¡oh, lo cansada que se sentía! Nadó hacia el borde de la laguna. Trató de subir la pared del borde, pero era demasiado lisa y empinada. Ella cayó.

La mano gigante se abalanzó de nuevo, y esta vez la rodeó y la cercó. Ferrdie se aterró, se retorció y luchó para escabullirse a través de una grieta en los dedos. Pero la mano era demasiado fuerte, demasiado grande, demasiado aterradora. Entonces, por fin, la mano se abrió. ¡Ahora era su oportunidad! Con una rápida mirada, determinó en qué dirección  saltar para volver al estanque y con un gran envión de sus patas traseras, voló por el aire, para dejarse caer en el agua fría y húmeda.

Una vez más, Ferrdie se quedó abajo, en las seguras profundidades, hasta que necesitara respirar. Con cautela, buscó esa mano. Al no encontrarla, logró calmarse. Exhausta, relajó su cuerpo cansado. Entonces se dio cuenta de que sentía hambre. Pero no había bichos en este agua. Había llegado el momento de salir de ella y regresar al lugar donde sabía que había mucho para comer.

Ferrdie juntó toda su energía para impulsarse hacia el borde. Alzó la mano para aferrarse a la pared, pero aquella era suave, demasiado suave. Lo intentó de nuevo, una y otra vez. Tendría que buscar un mejor lado del estanque. Había algo en el agua que estaba agotando toda su energía, pero ella logró llegar al otro lado, y de nuevo intentó trepar por la pared. Otra vez, era demasiado lisa y demasiado suave para subir.

Necesitaba descansar. Necesitaba recobrar su energía. Pero dondequiera que descansaba o nadaba, se sentía cada vez más débil. El agua siempre la había refrescado en el pasado, por lo que obligó a sus piernas a llevarla más profundamente en el estanque. Eso no ayudó, así que salió a la superficie. Después de un tiempo, flotar era todo lo que podía hacer con la poca fuerza que le quedaba. Entonces sus pulmones comenzaron a arder y  ya no podían inhalar más aire. El mundo se hizo borroso. Ya no podía pensar, no se trataba de la lluvia, no se trataba de bichos, tampoco de la mano que lo había sacado del agua.

Al día siguiente, la mano recogió su cuerpo sin vida. «Pobre rana», dijo la persona de la mano. «Traté de decirle que el agua de la piscina clorada le haría daño. ¿Por qué no dejaste que te salvara?»

© 2000 por Terry A. Modica
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