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Sufrimiento y Sanación – Transforma el Sufrimiento de Espera en una Sonrisa

Convierte el Sufrimiento de Espera en una Sonrisa

waiting¡Detesto esperar! Pero, sin importar cuánto me desagrade, siempre hay algo que esperar. Espero que mis hijos finalmente crezcan para descubrir que no soy tan tonta después de todo. Espero que mi esposo me diga que su compañía le dio un bono de un millón de dólares y que no tendrá que seguir trabajando tan duro.

Todos tenemos familiares y amigos por los que hemos estado orando tanto como Santa Mónica (cuyo hijo descarriado finalmente se convirtió en San Agustín). Todos tenemos problemas que deberían haber finalizado ayer. Si no antes. Todos tenemos sueños para el futuro, que el mismo Dios nos dio, con los que hemos estado contando y esperando. ¿Alguna vez notaste que Dios parece tener la habilidad de decirnos que algo maravilloso va a suceder, pero que en realidad se necesitan 11,9 años para materializarse? ¿Qué está pasando? ¿Se olvidó de ajustar su reloj para nuestra zona horaria? ¿Vivir en la eternidad lo confunde un poco?

¡Detesto esperar! Descubro eso cada vez que voy al médico. El tiempo se ralentiza cuando estás en esos consultorios médicos. Entonces busco formas de matar el tiempo. Mi hija Tammy y yo inventamos un juego llamado: «Corre el Bip». Para jugar a este juego debes tomar el dispositivo para tomar la presión arterial y hacer que el mercurio suba lo más posible. Trata de no tener el dispositivo en tu brazo.

Por supuesto, no quieres que entre tu médico y te encuentre jugando con su equipo. Parte de la diversisón es tratar de adivinar en qué momento entrará el doctor.

La vida está llena de situaciones difíciles que nos hacen preguntarnos si Dios salió a almorzar con el médico y su equipo y se olvidó de regresar a resolver tu problema. Pero él jamás se ha ido. Mientras estamos esperando que terminen nuestras pruebas, él está tratando de enseñarnos algunas cosas para que la próxima vez que surjan dificultades todo se nos haga más fácil. Todo nos sería más alegre si durante nuestros sufrimientos pudiéramos darnos cuenta de que a cada momento él está ocupándose de nosotros y diagramando un plan para nuestro bien y no para nuestro desastre.

Parece que la lección favorita de Dios, que ha estado tratando de enseñarme es cómo amar a todos de la misma forma en que lo hace Él. Esta es, aparentemente, la razón por la que sigue poniendo estúpidos en mi camino. (Definición de «estúpido»: esas pobres almas que son tan difíciles de amar, los gruñones, los que ofenden, las obras de arte de Dios que se olvidaron de esperar a que todos los colores fueran agregados a sus paletas.) Por ejemplo, cuando me quedé en una casa durante una noche, mientras asistía a un retiro, y fui recibida por la anfitriona con un: «¡Yo no voy a cocinar tu cena!»

Bieeen … ¡gracias por la recepción señora!

Esa noche, mi compañera de viaje Nancy y yo, nos compadecimos por nuestra situación. Ambas estábamos incómodas en ese lugar. Como buenas cristianas, ejercimos el don del Espíritu Santo llamado «discernimiento» y buscamos Su respuesta a: «¿Qué rayos estaba pensando Dios cuando nos puso aquí? Antes de conseguir alguna iluminación poderosa y profética, la anfitriona golpeó a la puerta de la habitación y preguntó: «¿Están dormidas chicas?» Quería socializar.

Entonces, socializamos. Socializamos hasta que se hizo lo suficientemente tarde para exclamar, en un bostezo: «¡Guau, mira qué tarde se hizo! Hora de dormir.» Fuimos bendecidos: la dama captó la indirecta. Nos llevó hasta el baño para mostrarnos dónde podíamos darnos una ducha. Cuando abrió la puerta, hormigas enormes corrían por todo el piso.

Nuestra incómoda anfitriona gritó: «¿De dónde vienen estas hormigas!» Mientras las pisábamos para nuestra protección, seguimos el sendero de las hormigas hasta la jaula de un loro. Nuestra anfitriona controló la bandeja recolectora de deposiciones del loro y estaba llena de hormigas.

parrot«¡Dios mío!» gritó, y con una voz muy parecida a la de su ama, el loro gritó: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Ohhhhh!» Cuánto más trataba nuestra anfitriona de deshacerse de las hormigas, más la imitaba el loro. «¡Hormigas! ¡Ohhhh! ¡Dios mío!» Nancy y yo queríamos demostrar simpatía, pero todo lo que podíamos hacer era reírnos, y pronto nuestro desagrado anterior por quedarnos en esa casa desapareció. En Su gran sentido del humor, Dios nos enseñó a relajarnos y en nuestra risa encontramos la habilidad de amar a nuestra anfitriona gruñona.

No suelo ser una alumna que aprende tan rápidamente. A menudo soy como mi propio loro, un ave tranquila llamada Sammy. Compré a Sammy porque crecí creyendo que sería bueno tener un ave que hablara. Cuando Sammy era nuevo en nuestra casa, mi esposo solía intentar enseñarle palabras como: «Te amo, te amo, te amo.» Podías ver los signos de pregunta sobre la cabeza de Sammy mientras nos miraba fijamente. Ralph tuvo más paciencia que yo, pero incluso él se cansó de la mirada impasible del ave y me dijo: «Hazlo tú, Terry. No creo que yo le agrade a esa ave.» Yo respondí: «Seguro que sí, Ralph. Sólo sé insistente.» Pero, sin importar cuán a menudo intentamos entrar en el cerebro de ese pájaro, Sammy no nos dio nada más que signos de pregunta.

Un día en que Ralph pasaba junto a la jaula, se detuvo a darle al ave otra oportunidad de ser cariñoso con él. «Te amo, te amo, te amo,» dijo Ralph. Y el pájaro dijo: «Amo a Terry.»

Dios trata de enseñarnos verdades maravillosas, con paciencia aún mayor que la de Ralph. Él repite el mensaje una y otra vez, esperando que nosotros, finalmente, nos detengas a hacer preguntas o, simplemente, a aceptar lo que Él está diciendo. «Esta es la forma en que pueden poner fin a esta situación difícil» nos dice. «Confíen en Mí. Los amo, los amo, los amo. ¿Me aman ustedes? ¿Realmente me aman?»

¿Qué sale de nuestras bocas? «¡Yo me amo! Tengo que cuidarme. Dios no está actuando lo suficientemente rápido; sólo puedo confiar en mi propia forma de manejar esto.» Si sólo pudiéramos ver que «nuestra forma» es un montón de basura.

Un peligro de tener un pájaro es que las semillas que compramos para su comida a menudo contienen polillas microscópicas, es decir, huevos que se convierten en pequeños gusanos blancos que salen del plato de semillas en busca de un rincón acogedor en la casa de los humanos. Allí construyen capullos para convertirse en polillas que vuelan en tu cara burlándose: «Ja,ja,ja. No puedes detenernos. Somos un ejército interminable conquistando nuestro territorio».

El exterminador que vino a mi casa dijo que no tenía pesticidas para combatir este enemigo. Entonces aprendí cómo jugar: «¿Dónde está Waldo, la Oruga?» Intenté encontrarlos y destruirlos pero continuaron enviando refuerzos. (Luego descubrí que la mejor táctica para esta batalla era congelar las semillas durante 24 horas. Eso mata a los huevos, pero crea un nuevo riesgo: cuando mi familia encuentra la bolsa de semillas en mi congelador, se preguntan si estoy planenado algún tipo de plato con bajas calorías para la cena.)

Las orugas deben encontrar comida y estos tipos encontraron mis cereales. Cuando abrí la caja y nada cayó en mi pote porque los cereales habían quedado atrapados en un sistema de redes de capullos, inmediatamente tiré la caja en el tarro de residuos. Até la bolsa y la llevé, rápidamente, afuera para que fuera llevada al basurero.

Dentro de la bolsa, las orugas continuaban comiendo mis cereales. Estaban felices. Estaban satisfechos. Tenían todo lo que necesitaban para vivir durante un largo tiempo. Salieron de sus capullos aún cuando la bolsa estaba enterradas entre otras bolsas en el basurero. La polillas no podían volar, pero podían alimentarse y poner más huevos. Así el ciclo continuaba y cada generación comía del cereal y de otros alimentos en la bolsa. Si alguien hubiera abierto la bolsa, las polillas podrían haber sido liberadas y habrían descubierto la delicia del vuelo, pero ignorantes de su potencial, permanecían satisfechas viviendo en la basura y enseñándoles a sus hijos a hacer lo mismo.

Somos como esas orugas. Cuando no podemos confiar en los caminos de Dios, es porque no sabemos el potencial para volar en el mundo fuera de nuestra basura. Estamos satisfechos con lo que nos es familiar. No comprendemos lo que aún no hemos experimentado, por eso no confiamos en lo ‘ilógico’ de eso. No creemos que realmente exista otra forma o que pueda ser mejor que lo que solemos hacer. La basura ha llegado hasta nosotros y la pasamos a nuestros hijos. Es un círculo sin fin hasta que alguien rompe la bolsa y queda libre.

Dios dice: «Haz el bien a tu enemigo,» pero nosotros decimos: «Ese estúpido me seguirá lastimando a menos que yo le haga lo mismo que él me está haciendo a mí. ¡Tengo que enseñarle una lección!» O Dios nos dice: «Dame el diezmo de tu ingreso», pero nosotros decimos: «No puedo permitirme poner más en la canasta de la colecta». O Él nos dice: «Admite que estabas equivocado», pero nosotros decimos: «Tengo que guardar las apariencias o no seré tratado con respeto».

El capullo que nos encapsula dentro de nuestra bolsa de basura oscura es el Temor. Tenemos miedo de que los caminos de Dios no funcionen. Tememos que si le hacemos el bien a nuestro enemigo, él sacará ventaja de nosotros y nuestros sufrimientos serán peores, cuando en realidad se necesitan dos para que la pelea continúe, y nosotros estamos derritiendo el corazón de pieda de nuestro enemigo si solamente hacemos lo que es bueno para él. Tenemos miedo de que Dios no pueda o no quiera encontrar formas de multiplicar nuestros ingresos cuando lo honramos con una parte de nuestros ingresos. Tenemos miedo de que admitir nuestros errores y faltas confirmen otro temor, que somos inferiores, y así permanezcamos atascados en la furia y las discusiones que destruyen nuestras relaciones junto con nuestra paz interior.

Los caminos de Dios llevan tiempo y nosotros detestamos esperar. Parece una eternidad en la sala de espera de Dios. Pero, si elegimos confiar en lugar de temer, descubriremos que Dios está con nosotros a cada momento. Hay gozo y paz en eso. La paciencia surge de confiar.

Sammy sabe cómo conquistar el temor. Solíamos tener un gato que veía en el loro una comida de rotisería grande y suculenta. Un día, mientras el gato se deslizaba por detrás del sofá, Sammy salió confiadamente de su jaula, cruzó por el piso, se trepó al sofá y fue directamente hacia el gato. Yo los miraba mientras se observaban cara a cara. La cola del gato se puso rígida mientras tramaba un plan con esa enorme comida. Sin dudarlo ni un momento, el pico del loro tomó uno de los bigotes del gato y pegó un tirón. Duro. El gato corrió. El ave estaba libre para siempre del miedo.

Todos podemos pegarle un tirón a lo que sea que nos da miedo. Cuando vamos hacia el temor y lo miramos cara a cara y, luego, pegamos un tirón con una dosis de risa, el temor huye. Estamos seguros al confiar en Dios. Nos disponemos a esperar que su plan para nosotros esté completo, porque sabemos que Sus caminos son realmente buenos y no desastrosos. Él nos ama, Él nos ama, Él nos ama.

© 1999 por Terry A. Modica


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